Hablar de La Cumbre es hablar de Pergamino. Pocas marcas locales lograron lo que esta confitería: atravesar generaciones y convertirse en un símbolo compartido. Cada pergaminense guarda un recuerdo ligado a sus sabores: un cumpleaños coronado por el pionono, los domingo con un Emiliano, una sobremesa con el icónico postre de La Cumbre. Desde hace 63 años, el local es mucho más que una confitería: es un pedazo de memoria afectiva de la ciudad.
Comienzo que marcó época
La historia se remonta a 1962, cuando Marcelino López y Pascuala “Chona” Taraborelli apostaron por un proyecto propio. Abrieron primero una pizzería en San Nicolás 29, pero la vocación pastelera de Marcelino -forjada en Buenos Aires, cuando el oficio era pura paciencia y meticulosidad- terminó dándole identidad al emprendimiento. Así nació La Cumbre, que muy pronto se trasladó a 9 de Julio 1042, su dirección de siempre, ese espacio que conserva la esencia de los orígenes.
De aquel matrimonio nacieron tres hijos: Miguel Ángel López, Luis Alberto López y María del Carmen López. Los tres crecieron entre hornos, aromas dulces y el ritmo cotidiano del mostrador, en una casa donde el trabajo y la familia siempre fueron de la mano.
Golpe y continuidad
En 1985, la partida temprana de Marcelino sacudió a la familia. Con apenas 28 años, Miguel Ángel quedó al frente del negocio junto a su madre “Chona”. No fue sencillo, pero la brújula fue clara: honrar el legado y sostener la identidad construida con trabajo y honestidad.
Con el tiempo, Miguel Ángel se casó con Silvia Novello y juntos formaron una familia que hoy representa la tercera generación de La Cumbre: Marine, Ivana, Matías Miguel y Juan Ignacio López. “Trabajamos desde chicos acá, desde que tenemos uso de razón. Hoy cada uno cumple una función dentro del lugar, y eso nos permite mantener viva la tradición”, cuentan.
El secreto de lo artesanal
Si algo distingue a La Cumbre es su fidelidad a la elaboración artesanal. Nada de atajos ni recetas apuradas. El merengue, por ejemplo, requiere entre 7 y 8 horas de cocción en un horno con más de tres décadas de uso: una pieza casi “fundacional” que sigue marcando el pulso de la "Cuadra" como si guardara en su calor la memoria de tantas hornadas.
De esa paciencia salen productos con sello propio. El pionono de La Cumbre es su “producto estrella”; el postre Emiliano es otro clásico que conquistó paladares; y el postre de La Cumbre —bizcochuelo de vainilla, dulce de leche, crema chantilly auténtica y merengue casero— resume en un bocado la filosofía de la casa: simple, noble, deliciosa y constante. “El sabor no cambia aunque cambien las manos, y eso es lo más importante”, repiten como un compromiso.
Donde viven las historias
La Cumbre es un territorio de recuerdos compartidos. Hay quienes vuelven porque lo hacían sus padres o sus abuelos; familias que encuentran en un pionono la excusa perfecta para reunirse; nietos que continúan la costumbre de sus mayores. No es solo un postre: es tradición. Es el rito que encadena generaciones y da forma a la identidad de una ciudad.
Cuarta generación
El futuro ya está en marcha. Pedro Douat y Santiago López se suman con entusiasmo al trabajo cotidiano, mientras Gerónimo Lucero y Baltazar López dicen presente en las fechas importantes. Aprenden haciendo, hombro con hombro, como se transmiten las cosas que valen: con paciencia, orgullo y respeto por la historia.
Patrimonio afectivo
Con más de seis décadas de vida, La Cumbre es un emblema de Pergamino: un lugar donde se mezclan memoria, oficio y familia. Allí, cada receta es una promesa de continuidad; cada porción, un puente entre quienes estuvieron, quienes están y quienes vendrán.
Porque La Cumbre no es solo una confitería: es una tradición que endulza la ciudad desde 1962, y que seguirá viva mientras haya mesas familiares, brindis sencillos y ganas de celebrar la vida con un pedacito de historia en el plato.
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