Pergamino es una ciudad de trabajo, recuerdos y paisajes que se leen como un pergamino abierto: capas de historia escritas por generaciones, avenidas que guardan anécdotas y plazas que siguen siendo el corazón de la vida colectiva. Hablar de Pergamino es hablar de una comunidad que combina lo cotidiano —mercados, escuelas, fábricas, clubes— con una geografía emocional: vecinos que conocen apellidos, barrios que sostienen tradiciones y pequeños rincones donde la memoria se preserva como tinta sobre papel.
Decir que se vive en Pergamino es decir, también, que se habita un lugar con identidad propia: no una ciudad que grita por hacerse notar, sino una que construye su valor en la persistencia. Allí la vida transcurre con ritmos de cosecha y ferias, con cafés donde la charla local decide el ánimo del día, con problemas municipales que reclaman soluciones prácticas y con orgullos sencillos que no necesitan altoparlantes. Hay belleza doméstica —fachadas, plazas, árboles viejos— y urgencias modernas: empleo, educación, conectividad. La tensión entre preservar el pasado y mirar hacia el futuro es el pulso que define a Pergamino.
Ahora, evocar “vivir en Narnia” introduce otra metáfora: Narnia, el mundo imaginado por C. S. Lewis, es un territorio donde lo maravilloso convive con lo peligroso, donde la naturaleza habla y la escala moral es épica. Trasladar esa imagen a una ciudad real como Pergamino no busca negar la realidad material —las necesidades, la gestión, las desigualdades— sino iluminarla desde la imaginación: ver en la plaza no solo un espacio físico sino un escenario de encuentros posibles; reconocer en los vecinos no solo actores sociales sino custodios de historias que pueden inspirar transformaciones.
Combinar Pergamino y Narnia en una reflexión editorial es, entonces, aceptar una doble invitación. La primera es la invitación cívica: cuidar lo común, reforzar instituciones locales, promover educación y cultura que permitan a la ciudad prosperar sin perder su arraigo. La segunda es la invitación ética y creativa: alimentar la capacidad de asombro, el coraje para enfrentar injusticias y la disposición a imaginar alternativas. Vivir “como en Narnia” no significa escapar de la realidad; significa cultivar la valentía, la solidaridad y la imaginación necesarias para transformar la realidad.
Pergamino necesita políticas públicas sensatas y compromiso ciudadano, pero también imaginación. Si aceptamos que vivir en Narnia significa estar dispuestos a asombrarnos, a elegir el bien común y a enfrentar adversidades con coraje, entonces Pergamino puede ser, literalmente, un lugar mejor. No por magia, sino por la voluntad colectiva de escribir, día a día, un pergamino donde la historia local y la aspiración compartida converjan.
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