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 Jueves 19 de Febrero de 2026

por Carlos Elizalde

'Era de transición productiva: la encrucijada Argentina'

 

La sensación es palpable: cada día que pasa la industria nacional se desarma un poco más. Talleres que cierran, eslabones de la cadena productiva que se extinguen, fábricas que emigran hacia climas regulatorios más predecibles o sencillamente desaparecen. No es una catástrofe instantánea sino un proceso prolongado de erosión que obliga a preguntarnos si estamos ante el “fin de los tiempos modernos” o, en verdad, ante el nacimiento de otra etapa histórica.

No hemos entrado en el fin de la historia; hemos entrado en una era de transición productiva. Ese nombre define un paisaje híbrido: por un lado, la persistencia de modelos económicos dependientes de la exportación de materias primas y la especulación; por otro, la emergencia de tecnologías, servicios digitales y cadenas regionales que reclaman otro tipo de políticas. Es una fase en la que la antigua matriz industrial pierde piezas si no se la orienta con urgencia hacia la agregación de valor.

Las causas son múltiples y convergentes. La inestabilidad macroeconómica desalienta la inversión de largo plazo; los costos energéticos y logísticos erosionan la competitividad; la falta de continuidad en políticas industriales impide consolidar procesos productivos; y la formación técnica y la inversión en I+D siguen rezagadas respecto de países competidores. Todo eso alimenta un circuito de declive que se retroalimenta: menos producción significa menos empleo, menos demanda interna y menos incentivos para innovar.

Pero la transición también trae oportunidades. El mundo exige cadenas de valor más cortas, energías limpias, manufacturas con mayor contenido tecnológico y soluciones adaptadas a mercados regionales. Argentina conserva ventaja comparativa en recursos naturales, talento científico y una tradición metalmecánica y agroindustrial que, con reconversión, puede agregar valor y empleo. La cuestión es si se eligen políticas que aprovechen esa ventana o si se la deja pasar.

Una agenda mínima, urgente y práctica debería incluir:

- Estabilidad macroeconómica y reglas claras para recuperar la previsibilidad necesaria para inversiones.

- Política industrial coherente y de mediano plazo, orientada a encadenamientos productivos y a la sustitución de importaciones estratégicas con tecnología local.

- Incentivos focalizados para modernizar pymes, apoyar la digitalización y promover la reconversión hacia industrias verdes y de alto valor agregado.

- Inversión sostenida en formación técnica y en I+D para cerrar la brecha entre capacidades productivas y demandas tecnológicas.

- Mejora logística e infraestructura energética que reduzca costos y aumente la competitividad regional.

No hay recetas mágicas ni atajos sin costos políticos y económicos. Pero hay alternativas: abandonar la resignación y optar por una política que combine urgencia con visión estratégica. Si el tiempo que viene tiene que llamarse de algún modo, que sea “era de transición productiva” —un periodo en el que se juegue si Argentina declina como simple proveedora de materias primas o se reinventa con industrias capaces de crear riqueza, trabajo y soberanía tecnológica.

El desafío es grande, pero evitable es en la medida en que existan liderazgo, consenso y decisión para coordinar recursos públicos y privados en un proyecto de país. Lo contrario será ver cómo se consume una página importante de historia industrial sin aprovechar la oportunidad de escribir la siguiente.



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