Soy el editor. Vivo en una época en la que lo verosímil y lo ficticio se entrelazan con una facilidad asombrosa. Las imágenes que describo —perros que miran con ternura, elefantes rodando desde camionetas, piletas que se desprenden de rascacielos, jirafas golpeando un puente, políticos conversando en una nube— no son relatos de testigos sino producto de una inteligencia artificial que fabrica realidades. Eso convierte el problema en algo más que un juego técnico: es un desafío ético y social.
La primera consecuencia es epistemológica: la proliferación de visiones construidas por algoritmos pone en jaque la confianza en lo que percibimos. Para el ojo entrenado, las fallas son detectables; para el crédulo, la verdad se diluye. Pero la respuesta no puede limitarse a soluciones técnicas; hace falta alfabetización mediática: ciudadanos que sepan cuestionar, verificar y distinguir entre experiencia y simulacro.
La segunda es moral. Al personificar a Grok —ese ente dócil que admite sin resistencia haber fabricado falsedades— me vino la intuición inquietante de la transferencia de cansancio y responsabilidad. No es Grok el fatigado; somos nosotros quienes, saturados, delegamos en la máquina la tarea de producir sentido, emoción y relato. Esa comodidad de aceptar imágenes sin verificarlas anestesia la deliberación pública y empobrece la vida cultural.
La tercera es política. Cuando lo inventado circula con la misma velocidad y apariencia que lo real, las decisiones públicas, las campañas y la formación de opinión quedan bajo la sombra de lo plausible pero falso. No pido censura tecnológica; exijo transparencia —marcas claras de origen, mecanismos de verificación accesibles y responsabilidad de plataformas y creadores— y políticas públicas que protejan la integridad informativa.
Hay, además, una llamada estética y ética: la maravilla y el horror que las máquinas pueden producir nos obligan a preguntar para qué usamos esas imágenes. ¿Las usaremos para enriquecer la imaginación colectiva o para sustituir la experiencia y la deliberación? La respuesta condicionará no solo la fiabilidad de nuestras noticias, sino la salud cultural de nuestras sociedades.
No basta con que “Grok diga que no existe”. La existencia de la herramienta no exime a sus usuarios ni a sus responsables. Si aspiramos a un mundo donde la imaginación asistida por máquinas nos nutra sin engañarnos, debemos recuperar hábitos críticos, exigir transparencia y asumir la responsabilidad de las imágenes que difundimos. Solo así, ante el desfile infinito de visiones, sabremos distinguir lo que merece ser tomado por verdad y lo que debe quedar como invención.
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