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 Viernes 13 de Marzo de 2026

Cuando la madera guarda memoria: los 63 años de La Viruta Muebles

Transcurría el año 1963 cuando, en un modesto hogar de calle Siria 863, comenzaba a gestarse una historia que marcaría a generaciones enteras. Allí vivía un joven Alberto Vaccalluzzo, que por entonces trabajaba como armador para la empresa familiar de carpintería de Amadeo y Leonardo Fucci, reconocida en aquellos años por la fabricación de muebles estilo provenzal. Eran tiempos donde ese diseño -elegante, sobrio y con un aire rústico- dominaba los hogares argentinos, combinando estética y funcionalidad a un precio accesible.

 

La coyuntura económica trajo dificultades y, ante la imposibilidad de pago, apareció una oportunidad inesperada. Vaccalluzzo, sin dejar de cepillar placares a mano, con la mirada detenida en esa montaña de viruta que se acumulaba al final del lienzo de madera, empezó a imaginar un futuro propio. Fue entonces cuando le pidió a su hermana Carmen que, con la vieja máquina de escribir familiar, armara unos folletos simples para repartir en el barrio. Así, casi sin proponérselo, nacía La Viruta Muebles, un emprendimiento que con el paso del tiempo se convertiría en sinónimo de calidad, esfuerzo y cercanía.

Los comienzos fueron humildes y sacrificados. Un local improvisado, muebles apilados en dormitorios que oficiaban de depósito y la invaluable predisposición de los vecinos, que hacían circular la novedad mediante el eterno “boca en boca”. La zona, transitada por comerciantes y clientes en busca de insumos, se transformó en el escenario de las primeras ventas. Cada placar vendido representaba una nueva posibilidad: invertir en publicidad, reponer materia prima y soñar un poco más alto.

Con el correr de los años, y ante un crecimiento que ya no admitía dudas, llegó un paso fundamental. Con esposa y una hija en camino, Alberto adquirió un terreno y construyó allí su casa y un nuevo local. Era fines de la década del 60 y el lugar elegido fue su ubicación definitiva: calle Sarmiento, a metros de avenida Paraguay. Desde allí, La Viruta comenzó a consolidarse como una referencia obligada en el rubro.

Durante más de seis décadas, la mueblería sostuvo un compromiso inquebrantable con un objetivo claro: la satisfacción del cliente. Atención personalizada, variedad, calidad y precios acordes a cada necesidad fueron las bases de una identidad que trascendió modas y generaciones. La Viruta supo adaptarse a los cambios de gusto sin resignar su esencia: mesas de luz, placares, cunas, camas, juegos de comedor, aparadores, libreros y bibliotecas convivieron siempre bajo una misma premisa. La atemporalidad de los diseños clásicos, la sobriedad y los tonos claros y neutros de la madera se transformaron en su sello distintivo.

El paso del tiempo también trajo nuevos desafíos. Con los años pesando en el cuerpo, fue necesaria la colaboración de terceros como Genoud Muebles, Leta, Aquilano y Maggiora, que aportaron materia prima y mano de obra. Gracias a ello, Vaccalluzzo pudo seguir cumpliendo con su ritual diario: atender al público de 16:00 a 20:00, con la misma pasión y dedicación de siempre. Junto a su esposa, María Milluzzo, formó una familia y construyó un presente sólido, reflejo de una empresa que, pese a los cambios, nunca dejó de ser familiar.

La esencia permaneció intacta: ofrecer muebles con historia, con alma, pensados para acompañar la vida cotidiana de quienes los elegían.

Cierre de una linda historia

Hoy, con 85 años cumplidos, Alberto Vaccalluzzo siente que el ciclo se ha cumplido. La mueblería superó ampliamente aquellas expectativas nacidas en 1963, llegando a varios hogares y acompañando a distintas generaciones. En este 2026, La Viruta Muebles bajará sus persianas -aún sin fecha definida- poniendo punto final a una trayectoria de más de 63 años.

No se trata solo del cierre de un comercio, sino del final de una historia hecha de ingenio frente a la adversidad, esfuerzo constante, compromiso y amor por el oficio. Porque sus muebles no solo ocuparon espacios: decoraron recuerdos, cobijaron historias familiares y tendieron lazos duraderos. Y eso, sin dudas, permanecerá mucho más allá del último día con las persianas abiertas.



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