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 Viernes 12 de Junio de 2026

El hombre que aprendió a convertir el miedo en horizonte

¿Qué es de la vida de Patricio Dâ??Ottavio?

El agua apareció en la vida de Patricio D’Ottavio mucho antes de que él pudiera imaginar que un día cruzaría mares, uniría continentes y escribiría su nombre entre los grandes nadadores de aguas abiertas del mundo.

Apareció primero como miedo. Como una imagen congelada en el tiempo. Como el recuerdo de un niño de cinco años que, durante un cumpleaños, cayó accidentalmente a una fuente y quedó atrapado debajo del agua sin saber cómo salir. Todavía hoy puede reconstruir aquella escena. La luz filtrándose desde arriba. La desesperación. El silencio. Y la figura de su madre acercándose para rescatarlo.

“Recuerdo verme abajo del agua y no poder salir”, cuenta.

A veces las historias más extraordinarias comienzan de las maneras más inesperadas. Aquella experiencia, que pudo haber terminado en tragedia, se transformó en una decisión familiar. Rodolfo Oscar y Ángela Francisca entendieron que su hijo tenía que aprender a nadar. No había demasiadas opciones en aquellos años y las colonias de verano eran prácticamente el único camino posible. Sin saberlo, estaban dando el primer paso de un viaje que décadas más tarde lo llevaría a recorrer el mundo.

Patricio creció en el barrio Acevedo, en una familia trabajadora de Pergamino. Su padre era empleado de comercio. Su madre dedicó gran parte de su vida al hogar y a la crianza de sus hijos. La casa no estaba llena de lujos, pero sí de valores, esfuerzo y acompañamiento. Era un chico como tantos otros. Jugaba en la calle junto a su hermana María Laura, practicaba deportes y compartía tardes interminables con amigos del barrio.

El verano que cambió todo

Hubo un verano que terminó modificando el rumbo de su vida. Allí apareció Roberto “Beto” Cittadini, una figura fundamental en aquellos primeros pasos dentro del agua. Con paciencia, cariño y dedicación le enseñó mucho más que técnicas de natación. Le enseñó a sentirse cómodo dentro de un medio que alguna vez le había provocado miedo.

Con el tiempo, aquella sensación de inseguridad comenzó a transformarse en confianza. Y la confianza, lentamente, se convirtió en pasión.

En 1981 se inauguró el Instituto Davreux y gracias al esfuerzo silencioso de sus padres, que hacían todo lo posible para que pudiera continuar creciendo dentro de la disciplina, la natación empezó a ocupar cada vez más espacio en su vida cotidiana. Cada entrenamiento implicaba sacrificios familiares, horarios ajustados y pequeñas renuncias que muchas veces pasaban desapercibidas. Pero detrás de cada brazada había una familia sosteniendo el sueño.

Las competencias llegaron de manera natural y con ellas entrenadores como Guillermo Calcagno, que impulsaban el desarrollo deportivo local y alimentaban sueños que por entonces parecían enormes.

Uno de esos momentos inolvidables ocurrió en 1986, durante el Cruce del Lago, en Córdoba. Hasta ese momento Patricio conocía la natación dentro de una pileta. Aquella competencia le mostró otro universo. Por primera vez sintió la inmensidad. La naturaleza dejaba de ser paisaje para convertirse en compañera de viaje.

“Sentí una libertad difícil de explicar”, recuerda.

Fue amor a primera vista.

Mientras otros nadaban contra el reloj, él descubrió que disfrutaba enfrentarse a lo desconocido. Porque las aguas abiertas tienen algo que las vuelve adictivas para quienes las aman. Nunca son iguales. Cada río tiene su carácter. Cada lago guarda sus secretos. Cada mar plantea preguntas distintas y ninguna brazada garantiza lo que ocurrirá después.

La mente, el cuerpo y el espíritu

Los años siguientes estuvieron marcados por entrenamientos, viajes y desafíos cada vez mayores. Aparecieron competencias nacionales, experiencias internacionales y nuevos maestros en el camino. Entre ellos, Rodolfo Sacco, a quien recuerda como un verdadero padre deportivo.

No sólo lo preparó físicamente. También le enseñó a comprender algo fundamental: que en las grandes travesías el cuerpo no siempre alcanza.

Por eso Patricio construyó una frase que terminaría acompañándolo toda la vida:

“Si se cansa el físico hay que recurrir a la mente. Si se cansa la mente hay que recurrir al espíritu”.

Esa filosofía sería clave para afrontar los mayores desafíos de su carrera.

Primero llegó el Río de la Plata, una aventura tan ambiciosa como compleja. Cruzar el río más ancho del mundo no consistía solamente en nadar. Había que organizar embarcaciones, estudiar corrientes, coordinar apoyos y prepararse para horas de absoluta soledad, donde durante gran parte de la travesía el horizonte parece inmóvil, la costa desaparece y el tiempo pierde sentido.

Cuando completó el cruce sintió que había logrado algo más que una meta deportiva. Había ayudado a darle visibilidad a una disciplina que pocas veces ocupaba espacios importantes dentro de la ciudad.

Pero el camino todavía tenía reservado algo aún más grande.

Entre continentes y aguas heladas

Seis meses más tarde llegó Gibraltar. Nadar entre Europa y África tenía una carga simbólica difícil de describir. Dos mundos separados por el agua y un hombre intentando unirlos a fuerza de voluntad. Las corrientes cambiaban constantemente y el mar imponía condiciones imprevisibles, pero la emoción de avanzar transformaba cada esfuerzo en una experiencia única.

Y después apareció el desafío que todo nadador de aguas abiertas sueña con enfrentar: el Canal de la Mancha.

Un nombre que despierta respeto incluso entre los más experimentados.

Las aguas frías parecen filtrarse hasta los huesos. Las corrientes transversales obligan a corregir permanentemente el rumbo. La mente comienza a jugar sus propios partidos. En determinados momentos el cansancio ya no se mide solamente en el cuerpo, sino también en la capacidad de sostener la voluntad.

Allí, en medio del frío y de la inmensidad, volvió a aparecer aquella enseñanza que había aprendido años antes. Seguir adelante aun cuando parece imposible.

Cuando salió del agua se convirtió en uno de los apenas cuatro nadadores que habían logrado completar individualmente la denominada Triple Corona de las aguas abiertas: Río de la Plata, Estrecho de Gibraltar y Canal de la Mancha.

Sin embargo, quienes lo conocen aseguran que el reconocimiento nunca modificó su esencia.

“Nunca me sentí un superhéroe”, dice con sencillez.

Quizás porque sabe que detrás de cada logro hubo sacrificios invisibles. Horas interminables de entrenamiento, ausencias, frustraciones, dolores físicos y también personas que estuvieron sosteniéndolo desde el silencio.

El refugio que siempre vuelve

Alejado del alto rendimiento, en 2010 se casó con Evangelina. Luego llegaron Tiziana, en 2012, y Francesca, en 2015, que crecieron entendiendo que la natación no era solamente un deporte para su papá, sino una forma de vivir.

Hoy divide sus días entre el trabajo, la familia y el agua, que sigue siendo refugio y pasión.

No habla de cuentas pendientes. No siente que le haya quedado ningún horizonte por alcanzar. Tal vez porque comprendió que las verdaderas conquistas no siempre tienen que ver con medallas o récords, sino con el camino recorrido y con la capacidad de mantenerse fiel a uno mismo.

Después de todo, aquel chico que alguna vez tuvo miedo de hundirse terminó descubriendo que el agua no venía a llevárselo.

Venía a mostrarle el mundo. 



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