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 Viernes 12 de Junio de 2026

La alumna más querida: a los 93 años decidió terminar la escuela primaria

Mientras muchos jóvenes dudan sobre continuar o no sus estudios, una mujer de 93 años decidió demostrar que nunca es tarde para aprender. Su nombre es Amalia María Díaz y este año tomó una decisión que emociona a toda una comunidad: volver a la escuela para terminar la educación primaria que la vida le obligó a abandonar cuando apenas era una niña.

 

Con una sonrisa tranquila y la fortaleza de quien atravesó casi un siglo de historia, Amalia asiste dos veces por semana al Centro de Educación de Adultos 708 del barrio Kennedy. Los martes y jueves, de 9:00 a 11:00, de la mañana, ocupa su banco como cualquier alumna. Sin embargo, detrás de esa imagen cotidiana se esconde una historia de sacrificio, trabajo y superación que hoy inspira a todos.

“Yo decidí terminarla y tengo que terminar. No me voy a quedar sin terminar”, asegura con una convicción que conmueve.

La decisión nació gracias al impulso de su familia, especialmente de una de sus nietas. Lo que comenzó como una propuesta terminó convirtiéndose en un sueño personal que hoy llena de orgullo a sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.

Infancia marcada por el esfuerzo

La infancia de Amalia estuvo marcada por el sacrificio. En aquellos años, estudiar muchas veces era un privilegio imposible. Las obligaciones del trabajo rural obligaban a los chicos a dejar de asistir a clases para ayudar en el campo.

“Era trabajo, trabajo y trabajo. Si iba un día a la escuela, faltaba una semana o dos porque teníamos que trabajar. Nosotros juntábamos maíz y nos quedaba todo muy lejos”, recuerda.

Esa realidad golpeó a toda una generación. Pero el deseo de aprender nunca desapareció. Permaneció guardado durante décadas, esperando el momento indicado para volver a florecer.

El desafío de volver a aprender

Entre todas las materias, hay una que hoy la entusiasma especialmente: Matemática. Aunque al principio sentía miedo porque no sabía resolver cuentas, encontró en su docente, Carolina, una guía paciente y cercana que le devolvió la confianza.

“Yo le dije a la señora que no sabía hacer cuentas. Ella me enseñó y me está enseñando ahora”, cuenta orgullosa.

Cada clase representa mucho más que un aprendizaje escolar. Para Amalia, significa recuperar un sueño pendiente. Significa demostrarse a sí misma que todavía puede aprender, crecer y superarse.

En el aula comparte experiencias con compañeros de distintas edades. Algunos superan los 70 años y otros apenas pasan los 20. Esa mezcla demuestra que el aprendizaje no tiene fecha de vencimiento y que siempre existe una nueva oportunidad para empezar.

Cuando vuelve a su casa, la tarea continúa. Dedica parte de sus tardes a repasar ejercicios y completar actividades. Su compromiso emociona a quienes la rodean y deja una enseñanza silenciosa: las ganas de aprender pueden ser más fuertes que cualquier dificultad.

Una familia orgullosa

Amalia es madre de cuatro hijos: Oscar, Carlos, Rosa y Susana, ya fallecida. Además, tiene diez nietos, 14 bisnietos y dos tataranietos que siguen con orgullo cada uno de sus avances escolares.

Por eso, cuando se le pregunta a quién dedicará el diploma que recibirá a fin de año, no duda ni un segundo.

“A toda la familia”, responde.

Una lección para las nuevas generaciones

Pero quizás lo más importante de su historia sea el mensaje que deja para los más jóvenes.

En una época atravesada por las distracciones permanentes y el desinterés de muchos adolescentes por el estudio, Amalia ofrece una reflexión nacida desde la experiencia y el sacrificio.

“Que estudien. Que se den cuenta de lo importante que es. No tienen que andar todo el día en la calle o con el teléfono. Hay que estudiar”, aconseja.

Sus palabras adquieren un valor enorme porque provienen de alguien que sabe lo que significa no haber podido estudiar cuando correspondía. Ella conoce el peso de las oportunidades perdidas y entiende, mejor que nadie, la importancia de la educación.

Historias como la de Amalia María Díaz recuerdan que nunca es tarde para cumplir un sueño pendiente. Su ejemplo trasciende las paredes del aula y se transforma en una verdadera lección de vida.

Mientras espera recibir su diploma, esta abuela de 93 años ya consiguió algo mucho más importante: inspirar a toda una comunidad.

Porque a veces las enseñanzas más grandes no salen de los libros, sino de personas como Amalia, que después de toda una vida de trabajo y sacrificio decidió volver a sentarse en un pupitre para demostrar que los sueños no tienen edad. 



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