Hay quienes atesoran el conocimiento como si fuera un secreto. José María Mollo eligió hacer exactamente lo contrario. Cada vez que brinda una capacitación en primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar suele decir que la vida es un cofre y que él solamente entrega una llave. Después, dependerá de cada persona conservarla y utilizarla cuando llegue el momento. Detrás de esa metáfora hay mucho más que una clase de RCP: hay una historia marcada por el servicio, el aprendizaje, los afectos y los golpes que terminaron de darle sentido a su misión.
Nació el 25 de mayo de 1975. Creció en un hogar de clase media junto a sus padres Pablo Antonio, distribuidor, y Marta Zulema De Angelis, quien trabajaba junto a su familia en la tradicional Zapatería Los Vascos. Considera haber tenido una infancia feliz que transcurrió entre la Plaza San José y las escapadas al campo con sus abuelo maternos, Francisco De Angelis y Julia Josefina Calomino, donde encontró uno de los pilares de su vida. Junto a su hermano Marcelo, crecieron rodeados de afecto y de enseñanzas sencillas que con los años se transformaron en verdaderos principios.
Realizó y finalizó sus estudios primarios en la Escuela Nº 22 y, sin pensarlo dos veces, se dedicó a trabajar. Pasó por distintos empleos, mientras una pasión crecía silenciosamente. "Siempre tuve la vocación de ser policía", recuerda. Con apenas 19 años, empezó su formación en la División Infantería de San Nicolás.
Sus inicios
Al cabo de un año comenzó a prestar servicio en la Comisaría Primera de Pergamino y luego en la Departamental. Paralelamente desarrolló otra pasión: la fotografía. Se capacitó, colaboró durante un breve período con Semanario EL TIEMPO y revista El Gráfico y continuó perfeccionándose en fotografía forense, un conocimiento que luego sería clave para integrar los comienzos de la Policía Científica.
Aquella etapa le dejó mucho más que experiencia profesional. Comprendió que detrás de cada intervención había personas, familias e historias. Esa mirada humana fue la que más tarde definiría su manera de enseñar.
Cosa del destino, continúo su camino en Junín, especializándose y encontrando nuevos maestros en el camino que lo alentaron a comenzar a dictar capacitaciones. Sin saberlo, acababa de descubrir otra vocación.
A su vez, seguía instruyéndose en distintas entidades: Campo de Mayo, la Fundación Emme, Cruz Roja Argentina y distintas instituciones de La Plata. Obtuvo la matrícula de Instructor y la tecnicatura en Emergencias Médicas, se formó como profesor, estudió oratoria, instructor de tiro y comenzó a capacitar a policías de Junín y Pergamino, Gendarmería, Prefectura, Policía Federal, unidades penales, docentes, profesionales de la salud, instituciones deportivas y empresas.
Sin embargo, con el tiempo entendió que no enseñaba solamente una técnica. "Cuando dicto los cursos, lo hago desde el testimonio", afirma. Por eso insiste en que quienes participan de una capacitación no reciben únicamente un certificado. Reciben una herramienta que, algún día, puede salvar una vida. "Somos meros agentes multiplicadores de conocimiento", suele repetir.
Familia y más
Tras décadas de servicio llegó el retiro de la Policía y, hace aproximadamente seis años, regresó definitivamente a Pergamino. Reconoce que la profesión le dio enormes satisfacciones, aunque también le hizo perder muchos momentos familiares. Fue entonces cuando decidió recuperar ese tiempo, reencontrarse con su madre y disfrutar de los afectos cotidianos.
En el camino también formó una familia junto a María Karina Álvarez, unión de la cual nació Angie Estefanía, quien hoy es mucho más que su hija: es su compañera incondicional, su sostén y una presencia imprescindible en su vida.
Sus nietos, Gael, Francisco y Francina, ocupan un lugar central. Pero la partida de Francisco, víctima de muerte súbita cuando tenía apenas un año y medio, cambió para siempre su manera de mirar el mundo. "Solamente el que toca fondo sabe lo que significa y el dolor que se siente", confiesa.
Ese dolor marcó un antes y un después. Padre e hija encontraron fuerzas para sostenerse mutuamente y seguir adelante. Desde entonces, cada curso que dicta lleva también el peso de esa experiencia personal. Por eso habla de la importancia de estar preparados, de actuar a tiempo y de valorar cada instante.
Su regreso a Pergamino también abrió una nueva etapa profesional. Desde la Dirección de Defensa Civil impulsó un protocolo de trabajo conjunto con el SAME y continúa recorriendo escuelas, hospitales, empresas, clubes e instituciones brindando capacitaciones gratuitas, convencido de que cualquier vecino puede convertirse en el primer eslabón para salvar una vida.
Cuando repasa su recorrido, no habla primero de sus logros, sino de las personas que lo ayudaron a crecer. Con enorme gratitud recuerda a Iparraguirre, Omar Lizzi, José Guillermo Conti, Sergio Torsigliani, Mirta Mollo Sartelli, Gabriel Sosa Hidalgo, Marcelo Herrera, Eugenia y Eduardo Genaro, Marcelo Ferrand y Diego Friguglietti, personas que, como él mismo define, "me iluminaron". También guarda un profundo cariño por la familia que la vida le regaló en Junín: Milita, Silvio y Saúl.
Con los años aprendió que la experiencia, los aciertos y los golpes enseñan a valorar lo verdaderamente importante. Y cada vez que vuelve a su infancia aparece la figura de su abuelo Francisco, con la frase que se convirtió en legado: "De herencia te dejo el buen nombre, el apellido."
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