El Tiempo de Pergamino

Vida
 Viernes 24 de Julio de 2026

El hombre que hizo del camino su casa y de la amistad su mejor destino

¿Qué es de la vida de José Luis Torrente?

Hay hombres a los que el camino les termina dibujando el rostro. El sol de la ruta, el polvo de los caminos rurales, el frío de la cordillera y el galope de un caballo parecen quedar grabados para siempre en la piel. José Luis Torrente es uno de ellos, aunque casi nadie lo llama por su nombre. En Pergamino, en Manuel Ocampo y en tantos rincones del país es simplemente Basco. Camionero de alma, paisano por elección y amigo por naturaleza, su historia es la de un hombre que aprendió a vivir con una valija siempre lista, pero con el corazón anclado en la familia y en los afectos.

Nació el 30 de mayo de 1952 en América, partido de Rivadavia, allí donde la provincia de Buenos Aires empieza a confundirse con La Pampa. Fue el primero de nueve hermanos, hijo de Silvia Ruperta Taborda y Antonio José Torrente. La infancia transcurrió en una casa de campo, entre animales, trabajo y madrugadas. Antes de aprender el valor del descanso conoció el del esfuerzo. Para ir a la escuela debía recorrer tres leguas a caballo. Aquellos viajes cotidianos, largos y silenciosos, fueron, sin saberlo, el comienzo de una vida que siempre estaría ligada al camino.
En Buenos Aires
A los 14 años dejó atrás el campo y se marchó a Moreno, en el conurbano bonaerense. Trabajó en el Mercado de Abasto, después en una empresa de colectivos y fue aprendiendo que la vida pocas veces avisa cuándo está por cambiar para siempre.
Ese cambio llegó en 1976, cuando arribó a Pergamino para reencontrarse con su madre, que ya vivía aquí junto a gran parte de la familia. En esta ciudad echó raíces, formó su hogar y nacieron sus cuatro hijos: Karina, Gustavo, Natalia y María Eugenia. La muerte temprana de Gustavo fue la curva más dolorosa de un camino lleno de kilómetros. Hay pérdidas que nunca dejan de doler. Solo cambia la manera de llevarlas.
Como tantos hombres de su generación, trabajó de lo que hiciera falta. Hasta que un día apareció una oportunidad en Expreso El Relámpago. "Me preguntaron si sabía manejar camiones y dije que sí... aunque no tenía idea. El primer día me dieron un semi y ahí arranqué." La anécdota todavía lo hace sonreír. También resume bastante bien quién es Basco: un hombre que nunca le tuvo miedo a los desafíos.
Desde entonces la ruta se convirtió en su segunda casa. Conoció pueblos perdidos, ciudades inmensas, amaneceres patagónicos y estaciones de servicio donde siempre aparecía una conversación nueva. En 1992 compró, financiado, su propio camión y nació Transporte Gustavo, nombre que convirtió el trabajo en un homenaje cotidiano.
Pero cuando recuerda aquellos años no habla de cargas ni de distancias. Habla de la gente. "El día de mi cumpleaños me llama gente de todo el país. Para muchos será una pavada. Para mí es todo." Porque los kilómetros pasan. Lo que queda son las personas que uno recoge en el camino.
Manuel Ocampo
En 2012 la vida volvió a regalarle amor. Junto a Mary Pili eligió instalarse en Manuel Ocampo, el pueblo que todavía hoy define con una frase sencilla y contundente: "Es mi lugar en el mundo." Allí encontró calma, amigos y una comunidad que lo abrazó como uno más. La muerte de Mary, hace tres años, volvió a enfrentarlo con el dolor, pero también le recordó que el amor verdadero nunca desaparece del todo.
La pandemia marcó otro punto de inflexión. Después de décadas detrás del volante comprendió que el cuerpo empezaba a pedir otro ritmo. Bajarse del camión fue una decisión difícil, pero necesaria. Poco después llegaron seis operaciones en pocos meses, una dura batalla por la salud que logró superar gracias al acompañamiento permanente de sus hijas, de sus nietos y de quienes nunca dejaron de estar cerca.
Aunque dejó la ruta, jamás abandonó su otra gran pasión: los caballos.
Los desfiles criollos, las jineteadas y las cabalgatas fueron parte de su vida tanto como los camiones. Durante 26 años soñó con cruzar la Cordillera de los Andes por el Paso Piuquenes, siguiendo las huellas del Ejército de los Andes. Las dificultades económicas postergaron ese anhelo una y otra vez, hasta que en 2022 pudo hacerlo realidad. Quienes lo conocen aseguran que volvió distinto. Hay viajes que no cambian el paisaje: cambian a las personas.
A caballo a Luján
También durante 32 años peregrinó a caballo hasta Luján junto a Alberto y Alfredo Di Gloria, José Luis Bottino, el Chimango Barrios, Pocho Vázquez, Carlitos Bermejo y tantos compañeros de travesía que terminaron convirtiéndose en hermanos de camino.
Hoy los viajes son más cortos, pero no menos valiosos. Las peñas, las carneadas, las sobremesas interminables, los amigos del Sindicato Bar, los encuentros en Mariano Benítez, las visitas a Entre Ríos y las guitarreadas con los payadores Samuel Garcilaso y Nicolás Membriani siguen alimentando esa necesidad de compartir que siempre lo definió.
Y después están los miércoles. No figuran en ningún calendario turístico ni en ninguna hoja de ruta. Sin embargo, probablemente sean la cita más importante de su semana. Por decisión de sus hijas, la casa de Basco se llena de hijos, nietos -Sol, Facundo, Thiago, Tiziano, Ariel, Lucas y Simón-, familiares y amigos. Hay comida casera, anécdotas repetidas, cargadas inevitables y abrazos que no necesitan explicación.
A los 74 años, después de miles de kilómetros recorridos, de montañas cruzadas, de pérdidas que dejaron cicatrices y de batallas ganadas con coraje, Basco parece haber encontrado la mejor definición de riqueza. No está en el camión que alguna vez manejó ni en los caminos que conoció. Está en esa mesa de los miércoles, donde nunca falta una silla para quien quiera compartir el pan, la charla y la vida. Porque al final de cuentas, el hombre que pasó décadas viajando descubrió que el destino más importante no figuraba en ningún mapa: siempre estuvo esperándolo en el abrazo de los suyos.



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