Vida

¿Qué es de la vida de Vicente Genoud?


15 de Octubre de 2026 | El Tiempo

 
Una vida hecha de trabajo y sencillez
 
Vicente Genoud tiene esa manera de ser de las personas que no necesitan grandes palabras para contar quiénes son. En su historia, el trabajo ocupa un lugar central, pero también el amor por su familia, los recuerdos de la infancia y la satisfacción de haber salido adelante con esfuerzo propio. Nacido en el campo, aprendió desde muy chico que la vida se construye día a día, con voluntad, honestidad y las manos siempre dispuestas a hacer.
 
Raíces de campo
Vicente nació el 25 de octubre de 1943. Sus primeros años transcurrieron en la casa de su abuela materna, junto a sus padres, María Rosa Thomas y Martín Genoud. Su mamá ocupa un lugar especial en sus recuerdos: “Me enseñó todo lo bueno”, resume al evocar a quien dejó en él enseñanzas que lo acompañarían durante toda su vida. Su padre trabajaba en el campo y la familia se completaba con sus hermanos mayores: Horacio, Nélida y Emilia.
 
La infancia, sin embargo, tuvo un golpe temprano. Cuando Vicente tenía apenas seis años, su padre falleció. A partir de entonces, la familia se trasladó al campo del abuelo paterno en la zona de 12 de Agosto y la vida le fue mostrando, antes de tiempo, que había que seguir adelante y aprender a valerse por uno mismo.
 
Una infancia distinta
Los recuerdos de aquellos años están ligados a los caminos rurales, a las distancias y a las distintas maneras de llegar a destino. Para completar sus estudios primarios en Manuel Ocampo, el transporte podía ser el sulky de algún vecino, una bicicleta o un caballo. No había demasiadas comodidades, pero sí voluntad para cumplir con las obligaciones.
 
Al terminar la escuela, comenzó a trabajar en el campo. Hasta los 18 años fue aprendiendo distintos oficios, siempre con esa capacidad de darse maña que después se convertiría en una de sus principales herramientas. La vida tenía sus exigencias, pero también sus momentos de encuentro: los domingos, el centro de reunión era Otero, donde se compartían las horas y la sociabilidad de aquellos tiempos.
 
Cuando la familia regresó a Pergamino, Vicente consiguió trabajo en una casa de artículos de electricidad, ubicada en la esquina de Merced y San Martín.
 
Parecía una etapa más en su recorrido, aunque pronto aparecería una oportunidad que terminaría definiendo buena parte de su historia.
 
El oficio que eligió
A comienzos de los años sesenta, una noche llegó su tío Andrés, que tenía una tornería y necesitaba a alguien de confianza para trabajar con él. Fue a buscarlo y Vicente aceptó. El taller funcionaba en Monteagudo, entre Alsina y Lagos, y allí comenzó desde abajo, haciendo roscas para tuercas y aprendiendo, paso a paso, los secretos de un oficio que terminaría convirtiéndose en su forma de vida. Con el tiempo, Vicente fue adquiriendo experiencia y ganando autonomía. Cuando la falta de trabajo complicó la actividad en el taller de su tío, decidió establecerse por cuenta propia, en su casa de calle Córdoba. Así nació una nueva etapa. La tornería se consolidó con esfuerzo, aunque el camino no siempre resultó sencillo. En épocas de crisis, Vicente apeló a su ingenio y a su capacidad para resolver problemas: hacía distintos trabajos, buscaba alternativas y se las arreglaba para sostener la actividad y llevar adelante, junto a su esposa, a la familia.
 
El amor y la familia
Por intermedio de una prima conoció a Beatriz Cogo, oriunda de Ayerza. Fue durante un baile donde comenzó una historia que, después de cuatro años de noviazgo, se transformó en matrimonio en 1970.
 
Juntos construyeron un hogar y formaron una familia con la llegada de Norma, Nelson y Néstor. Con los años, la familia se amplió con Patricia, Adrián y Patricio, y más tarde llegaron los nietos: Camila, Ariana y Franco.
En ese recorrido, el trabajo tuvo un lugar central, pero nunca fue un fin en sí mismo. El esfuerzo cotidiano tenía sentido en aquello que permitía construir: una casa, la educación de los hijos, la tranquilidad de saber que los suyos podían crecer y contar con nuevas oportunidades. Haberles dado un buen pasar, acompañarlos y disfrutar de los momentos familiares forman parte de un balance personal que se construye con los años.
 
Aprender a disfrutar
Hace alrededor de diez años, la insistencia de su familia comenzó a convencerlo de bajar el ritmo. Después de tantas décadas de trabajo, el cansancio y el paso del tiempo empezaron a hacerse sentir. La fuerza ya no era la misma, aunque las ganas de seguir haciendo cosas permanecieran intactas.
Vicente continúa trabajando, pero a otro ritmo. Para alguien de su generación, acostumbrado a medir los días por las tareas realizadas, dejar de trabajar por completo no resulta sencillo. El oficio forma parte de su identidad, de su rutina y de esa manera de sentirse útil que lo acompañó desde la juventud.
 
La riqueza de lo simple
En Vicente hay algo de aquella vida de campo que permanece intacto: la sencillez para hablar, la educación en el trato y la honestidad con la que fue construyendo su camino. No necesita adornar sus recuerdos ni presentar su historia como una hazaña. Cuenta lo vivido con naturalidad, como quien hizo lo que consideraba necesario y siguió adelante sin esperar reconocimientos.
 
Hoy, con más tiempo para los afectos y la tranquilidad de mirar hacia atrás, Vicente conserva esa manera discreta de estar en el mundo. En su historia, el valor de una vida no se mide solamente por los años trabajados o por lo que se logró materialmente, sino también por la forma de tratar a los demás, por la palabra honesta y por la huella que se deja en quienes comparten el camino. “Tratar de disfrutar” es, en definitiva, una de las ideas que hoy acompañan esta etapa. Junto a Bety, proyectan viajes, disfrutan de salidas y organizan, cuando el tiempo lo permite, reuniones familiares. Porque después de tantos años dedicados a trabajar, Vicente entiende que también se trata de aprender a reconocer lo conseguido y darse tiempo para vivirlo
Una vida hecha de trabajo y sencillez
Vicente Genoud tiene esa manera de ser de las personas que no necesitan grandes palabras para contar quiénes son. En su historia, el trabajo ocupa un lugar central, pero también el amor por su familia, los recuerdos de la infancia y la satisfacción de haber salido adelante con esfuerzo propio. Nacido en el campo, aprendió desde muy chico que la vida se construye día a día, con voluntad, honestidad y las manos siempre dispuestas a hacer.
 
Raíces de campo
Vicente nació el 25 de octubre de 1943. Sus primeros años transcurrieron en la casa de su abuela materna, junto a sus padres, María Rosa Thomas y Martín Genoud. Su mamá ocupa un lugar especial en sus recuerdos: “Me enseñó todo lo bueno”, resume al evocar a quien dejó en él enseñanzas que lo acompañarían durante toda su vida. Su padre trabajaba en el campo y la familia se completaba con sus hermanos mayores: Horacio, Nélida y Emilia.
 
La infancia, sin embargo, tuvo un golpe temprano. Cuando Vicente tenía apenas seis años, su padre falleció. A partir de entonces, la familia se trasladó al campo del abuelo paterno en la zona de 12 de Agosto y la vida le fue mostrando, antes de tiempo, que había que seguir adelante y aprender a valerse por uno mismo.
 
Una infancia distinta
Los recuerdos de aquellos años están ligados a los caminos rurales, a las distancias y a las distintas maneras de llegar a destino. Para completar sus estudios primarios en Manuel Ocampo, el transporte podía ser el sulky de algún vecino, una bicicleta o un caballo. No había demasiadas comodidades, pero sí voluntad para cumplir con las obligaciones.
 
Al terminar la escuela, comenzó a trabajar en el campo. Hasta los 18 años fue aprendiendo distintos oficios, siempre con esa capacidad de darse maña que después se convertiría en una de sus principales herramientas. La vida tenía sus exigencias, pero también sus momentos de encuentro: los domingos, el centro de reunión era Otero, donde se compartían las horas y la sociabilidad de aquellos tiempos.
 
Cuando la familia regresó a Pergamino, Vicente consiguió trabajo en una casa de artículos de electricidad, ubicada en la esquina de Merced y San Martín.
Parecía una etapa más en su recorrido, aunque pronto aparecería una oportunidad que terminaría definiendo buena parte de su historia.
 
El oficio que eligió
A comienzos de los años sesenta, una noche llegó su tío Andrés, que tenía una tornería y necesitaba a alguien de confianza para trabajar con él. Fue a buscarlo y Vicente aceptó. El taller funcionaba en Monteagudo, entre Alsina y Lagos, y allí comenzó desde abajo, haciendo roscas para tuercas y aprendiendo, paso a paso, los secretos de un oficio que terminaría convirtiéndose en su forma de vida. Con el tiempo, Vicente fue adquiriendo experiencia y ganando autonomía. Cuando la falta de trabajo complicó la actividad en el taller de su tío, decidió establecerse por cuenta propia, en su casa de calle Córdoba. Así nació una nueva etapa. La tornería se consolidó con esfuerzo, aunque el camino no siempre resultó sencillo. En épocas de crisis, Vicente apeló a su ingenio y a su capacidad para resolver problemas: hacía distintos trabajos, buscaba alternativas y se las arreglaba para sostener la actividad y llevar adelante, junto a su esposa, a la familia.
El amor y la familia
Por intermedio de una prima conoció a Beatriz Cogo, oriunda de Ayerza. Fue durante un baile donde comenzó una historia que, después de cuatro años de noviazgo, se transformó en matrimonio en 1970.
Juntos construyeron un hogar y formaron una familia con la llegada de Norma, Nelson y Néstor. Con los años, la familia se amplió con Patricia, Adrián y Patricio, y más tarde llegaron los nietos: Camila, Ariana y Franco.
En ese recorrido, el trabajo tuvo un lugar central, pero nunca fue un fin en sí mismo. El esfuerzo cotidiano tenía sentido en aquello que permitía construir: una casa, la educación de los hijos, la tranquilidad de saber que los suyos podían crecer y contar con nuevas oportunidades. Haberles dado un buen pasar, acompañarlos y disfrutar de los momentos familiares forman parte de un balance personal que se construye con los años.
Aprender a disfrutar
Hace alrededor de diez años, la insistencia de su familia comenzó a convencerlo de bajar el ritmo. Después de tantas décadas de trabajo, el cansancio y el paso del tiempo empezaron a hacerse sentir. La fuerza ya no era la misma, aunque las ganas de seguir haciendo cosas permanecieran intactas.
 
Vicente continúa trabajando, pero a otro ritmo. Para alguien de su generación, acostumbrado a medir los días por las tareas realizadas, dejar de trabajar por completo no resulta sencillo. El oficio forma parte de su identidad, de su rutina y de esa manera de sentirse útil que lo acompañó desde la juventud.
 
La riqueza de lo simple
En Vicente hay algo de aquella vida de campo que permanece intacto: la sencillez para hablar, la educación en el trato y la honestidad con la que fue construyendo su camino. No necesita adornar sus recuerdos ni presentar su historia como una hazaña. Cuenta lo vivido con naturalidad, como quien hizo lo que consideraba necesario y siguió adelante sin esperar reconocimientos.
 
Hoy, con más tiempo para los afectos y la tranquilidad de mirar hacia atrás, Vicente conserva esa manera discreta de estar en el mundo. En su historia, el valor de una vida no se mide solamente por los años trabajados o por lo que se logró materialmente, sino también por la forma de tratar a los demás, por la palabra honesta y por la huella que se deja en quienes comparten el camino. “Tratar de disfrutar” es, en definitiva, una de las ideas que hoy acompañan esta etapa. Junto a Bety, proyectan viajes, disfrutan de salidas y organizan, cuando el tiempo lo permite, reuniones familiares. Porque después de tantos años dedicados a trabajar, Vicente entiende que también se trata de aprender a reconocer lo conseguido y darse tiempo para vivirlo
Una vida hecha de trabajo y sencillez
Vicente Genoud tiene esa manera de ser de las personas que no necesitan grandes palabras para contar quiénes son. En su historia, el trabajo ocupa un lugar central, pero también el amor por su familia, los recuerdos de la infancia y la satisfacción de haber salido adelante con esfuerzo propio. Nacido en el campo, aprendió desde muy chico que la vida se construye día a día, con voluntad, honestidad y las manos siempre dispuestas a hacer.
 
Raíces de campo
Vicente nació el 25 de octubre de 1943. Sus primeros años transcurrieron en la casa de su abuela materna, junto a sus padres, María Rosa Thomas y Martín Genoud. Su mamá ocupa un lugar especial en sus recuerdos: “Me enseñó todo lo bueno”, resume al evocar a quien dejó en él enseñanzas que lo acompañarían durante toda su vida. Su padre trabajaba en el campo y la familia se completaba con sus hermanos mayores: Horacio, Nélida y Emilia.
 
La infancia, sin embargo, tuvo un golpe temprano. Cuando Vicente tenía apenas seis años, su padre falleció. A partir de entonces, la familia se trasladó al campo del abuelo paterno en la zona de 12 de Agosto y la vida le fue mostrando, antes de tiempo, que había que seguir adelante y aprender a valerse por uno mismo.
 
Una infancia distinta
Los recuerdos de aquellos años están ligados a los caminos rurales, a las distancias y a las distintas maneras de llegar a destino. Para completar sus estudios primarios en Manuel Ocampo, el transporte podía ser el sulky de algún vecino, una bicicleta o un caballo. No había demasiadas comodidades, pero sí voluntad para cumplir con las obligaciones.
 
Al terminar la escuela, comenzó a trabajar en el campo. Hasta los 18 años fue aprendiendo distintos oficios, siempre con esa capacidad de darse maña que después se convertiría en una de sus principales herramientas. La vida tenía sus exigencias, pero también sus momentos de encuentro: los domingos, el centro de reunión era Otero, donde se compartían las horas y la sociabilidad de aquellos tiempos.
 
Cuando la familia regresó a Pergamino, Vicente consiguió trabajo en una casa de artículos de electricidad, ubicada en la esquina de Merced y San Martín.
 
Parecía una etapa más en su recorrido, aunque pronto aparecería una oportunidad que terminaría definiendo buena parte de su historia.
 
El oficio que eligió
A comienzos de los años sesenta, una noche llegó su tío Andrés, que tenía una tornería y necesitaba a alguien de confianza para trabajar con él. Fue a buscarlo y Vicente aceptó. El taller funcionaba en Monteagudo, entre Alsina y Lagos, y allí comenzó desde abajo, haciendo roscas para tuercas y aprendiendo, paso a paso, los secretos de un oficio que terminaría convirtiéndose en su forma de vida. Con el tiempo, Vicente fue adquiriendo experiencia y ganando autonomía. Cuando la falta de trabajo complicó la actividad en el taller de su tío, decidió establecerse por cuenta propia, en su casa de calle Córdoba. Así nació una nueva etapa. La tornería se consolidó con esfuerzo, aunque el camino no siempre resultó sencillo. En épocas de crisis, Vicente apeló a su ingenio y a su capacidad para resolver problemas: hacía distintos trabajos, buscaba alternativas y se las arreglaba para sostener la actividad y llevar adelante, junto a su esposa, a la familia.
 
El amor y la familia
Por intermedio de una prima conoció a Beatriz Cogo, oriunda de Ayerza. Fue durante un baile donde comenzó una historia que, después de cuatro años de noviazgo, se transformó en matrimonio en 1970.
 
Juntos construyeron un hogar y formaron una familia con la llegada de Norma, Nelson y Néstor. Con los años, la familia se amplió con Patricia, Adrián y Patricio, y más tarde llegaron los nietos: Camila, Ariana y Franco.
En ese recorrido, el trabajo tuvo un lugar central, pero nunca fue un fin en sí mismo. El esfuerzo cotidiano tenía sentido en aquello que permitía construir: una casa, la educación de los hijos, la tranquilidad de saber que los suyos podían crecer y contar con nuevas oportunidades. Haberles dado un buen pasar, acompañarlos y disfrutar de los momentos familiares forman parte de un balance personal que se construye con los años.
Aprender a disfrutar
Hace alrededor de diez años, la insistencia de su familia comenzó a convencerlo de bajar el ritmo. Después de tantas décadas de trabajo, el cansancio y el paso del tiempo empezaron a hacerse sentir. La fuerza ya no era la misma, aunque las ganas de seguir haciendo cosas permanecieran intactas.
 
Vicente continúa trabajando, pero a otro ritmo. Para alguien de su generación, acostumbrado a medir los días por las tareas realizadas, dejar de trabajar por completo no resulta sencillo. El oficio forma parte de su identidad, de su rutina y de esa manera de sentirse útil que lo acompañó desde la juventud.
 
La riqueza de lo simple
En Vicente hay algo de aquella vida de campo que permanece intacto: la sencillez para hablar, la educación en el trato y la honestidad con la que fue construyendo su camino. No necesita adornar sus recuerdos ni presentar su historia como una hazaña. Cuenta lo vivido con naturalidad, como quien hizo lo que consideraba necesario y siguió adelante sin esperar reconocimientos.
 
Hoy, con más tiempo para los afectos y la tranquilidad de mirar hacia atrás, Vicente conserva esa manera discreta de estar en el mundo. En su historia, el valor de una vida no se mide solamente por los años trabajados o por lo que se logró materialmente, sino también por la forma de tratar a los demás, por la palabra honesta y por la huella que se deja en quienes comparten el camino. “Tratar de disfrutar” es, en definitiva, una de las ideas que hoy acompañan esta etapa. Junto a Bety, proyectan viajes, disfrutan de salidas y organizan, cuando el tiempo lo permite, reuniones familiares. Porque después de tantos años dedicados a trabajar, Vicente entiende que también se trata de aprender a reconocer lo conseguido y darse tiempo para vivirlo


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