El Tiempo de Pergamino

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 Miercoles 21 de Enero de 2026

Con textos de Luis María Libera Gill para EL TIEMPO

La Dormida Nombradora: el origen invisible de Pergamino

Antes del pueblo, antes del fuerte, antes incluso de que existieran autoridades, capillas o padrones, estuvo el camino. En la inmensidad silenciosa de la pampa, cuando el desierto era todavía pleno y el horizonte no ofrecía más que polvo, agua y cielo, el tránsito marcó el destino. Desde 1586, el antiguo Camino de Córdoba fue la primera huella de civilidad en estas tierras. Y en ese trayecto arduo y esencial nació un punto de descanso, un albergue mínimo y necesario: la Dormida del Pergamino.

 

Las crónicas tempranas dan cuenta de los riesgos de aquel tránsito. La columna de Alonso de la Cámara fue atacada por aborígenes en cercanías de Cruz Alta; herido su jefe, regresó a Córdoba, mientras Rodrigo Ortiz continuó el trazado hasta completar el camino. En ese tiempo, el camino no solo unía territorios: ordenaba el espacio y daba sentido a la nada. Todo lo demás vendría después.

La historiadora Eugenia A. Néspolo, en su obra Resistencia y Complementariedad, revela con documentación inédita la compleja relación entre indígenas, pobladores y autoridades coloniales. Luján fue desde 1671 un punto estratégico de control y comercio, mientras que otros enclaves —como Pergamino— cumplían funciones complementarias. Aquí no se cobraban derechos por las mercaderías que circulaban, aunque sí se registraban. El fuerte de Pergamino, ya existente en 1749, fue parte de una red defensiva pensada para asegurar el tránsito y favorecer el asentamiento humano, aun cuando la radicación de familias resultó dificultosa durante décadas.

Las milicias locales, integradas por vecinos sin sueldo fijo, alternaban la defensa con las tareas rurales. Trabajaban en vaquerías, sembraban y cosechaban trigo, y no siempre podían ser reunidos con rapidez ante una amenaza. La frontera era frágil y la supervivencia, incierta.

El 3 de enero de 1626 marca un hito fundamental. En un acuerdo del Cabildo de Buenos Aires aparece por primera vez mencionada la “Dormida del Pergamino”. Es la referencia más antigua que poseemos. No se trata de un acta fundacional, pero sí del registro más cercano a los orígenes del pueblo. Apenas cuarenta años después de abierto el camino, ya existía aquí un lugar para hacer noche, resguardarse y continuar.

¿Dónde estaba aquella dormida? Todo indica que se ubicaba cerca de un curso de agua, probablemente en la cuenca de Fontezuelas, en proximidades de lagunas como Cardoso y Melincué. La cercanía al camino y al agua determinó su surgimiento, del mismo modo que luego ocurriría con el fuerte y el pueblo.

Las “dormidas” eran comunes en la época: espacios precarios para pernoctar en la soledad del trayecto. San José de la Dormida, en Córdoba, es un ejemplo aún vigente en la toponimia. Viajeros y religiosos las mencionan como puntos indispensables en largas jornadas. El diccionario del siglo XIX define el término tanto como refugio de animales como lugar donde el viajero hace noche.

El jesuita José Manuel Peramás, en su penoso viaje al destierro en 1767, describe su paso por Pergamino: un fuerte pequeño, con arroyo salado, donde “se acaban las Pampas” y comienzan las lomadas. Su entrada fue ceremonial, con soldados escoltando las carretas. Cenaron allí antes de continuar rumbo a Arrecifes. Años más tarde, Alonso Carrió de la Bandera describirá el fuerte con foso, puente levadizo, cañones y milicianos, destacando su importancia estratégica en la frontera con los indios pampas.

Los planos antiguos refuerzan esta centralidad. Desde Kitchin en 1772 hasta Arrowsmith en 1836, Pergamino y Fontezuelas aparecen como referencias constantes, a veces superpuestas, a veces confundidas, pero siempre ligadas al arroyo y al camino. Incluso en mensuras del siglo XIX se certifica que las tropas de carretas seguían transitando el viejo camino, aun cuando existían desvíos más modernos.

Durante siglos, el lugar fue nombrado como “El Pergamino”. Así figura en documentos oficiales, sellos judiciales, avisos comerciales y registros parroquiales. La costumbre perduró hasta bien entrado el siglo XX, como eco de aquella Dormida Nombradora que imprimió identidad a la región.

¿Puede considerarse 1626 como fecha de fundación? No. Pero sí es el punto inicial de nuestra historia documentada. Primero fue el tránsito, luego el cobijo, más tarde el fuerte, la iglesia, la posta, las autoridades. Antes que todo, hubo viajeros, carretas, bueyes y silencio.

Héctor Ulises del Giúdice lo expresó con precisión poética: la Dormida pertenece más al cosmos que a la historia. No fue una posada ni una pascana, sino un árbol, una aguada, quizás un ombú junto al arroyo. Un punto mínimo en un “océano con ondulaciones”, donde la pampa era mar y el viaje, travesía.

No sabemos quiénes vivieron allí, quién cocinaba, quién cuidaba los animales, quién decidió quedarse. No hay registros ni nombres. Habrá que esperar más de ciento cincuenta años para encontrarlos en padrones y tumbas. La supervivencia fue milagrosa hasta la instalación del fuerte.

A cuatrocientos años de aquella primera mención, Pergamino sigue siendo un punto de inflexión. Sin acta fundacional ni mojón ceremonial, pero con una historia profunda, nacida del camino y del servicio prestado al viajero. La Dormida del Pergamino fue albergue fugaz y dulce posada. Recordarla es recuperar nuestra raíz, entender que antes del pueblo hubo tránsito, y que en ese tránsito se gestó la identidad de una ciudad que nació para recibir, cobijar y dejar seguir.



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