Una fiesta con muchos niños invitados se convirtió en una tragedia televisada. Una maestra, astronautas, un Premio Nobel, el poder político, la Nasa. Todos los ingredientes para una buena historia que tuvo también manipulaciones, intereses solapados, presiones, una búsqueda pertinaz de ocultar la verdad, de no llegar al fondo de la cuestión.
Era el 28 de enero de 1986. El Challenger, el transbordador espacial, tendría un nuevo lanzamiento. El décimo. Había curiosos, cámaras de televisión, muchos niños. Por primera vez viajaría una maestra al espacio y desde allí daría un par de clases televisadas: clases espaciales. Un buen gancho para volver a llamar la atención sobre las actividades de la Nasa que de a poco habían dejado de ser seguidas con interés; habían ingresado en una zona de intrascendencia mediática.
La atención de todos, finalmente, estuvo sobre el Challenger pero por los motivos equivocados: el desastre convoca.
73 segundos después del lanzamiento, un cisne gris e ígneo se formó en el cielo. Parecía dibujado con copos grises de humo, gases y fuego. Pirotecnia macabra. Esos segundos hubo un increíble crisol de sensaciones: asombro, alegría, ilusión, desconcierto, incredulidad, pánico, dolor. La nave espacial se desintegró en el aire apenas iniciada la misión. En el zigzagueo desaforado de las estelas de la destrucción que se tatuaron en el cielo, hubo más que una misión fallida, o el retraso de la carrera espacial. El drama de la muerte. Siete vidas, siete familias destruidas en 73 segundos.
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