El mito de espíritu setentista, de mensajes crípticos que dejaban "los ojos ciegos bien abiertos", construyó una obra que trascendió largamente la música.
El Indio nunca fue solamente un cantante. Fue un narrador de
época, un poeta popular y un disparador de preguntas incómodas para varias generaciones. Sus canciones no buscaban entretener. No hablaba de la felicidad, porque en sus propias palabras, todo lo había dicho sobre el tema Palito Ortega.
El mismo definía a sus grupos como "bandas de combate que tenían mucha sopita en sus letras". Había filosofía, política, literatura, ironía, crítica social y un sinfín de metáforas que conectaban todo. Había una búsqueda constante por entender el mundo desde los satélites, y por desafiar los discursos dominantes.
Hacer accesible lo complejo
Poseedor de un intelecto y un paladar literario poco comunes. En sus canciones convivían Nietzsche, Artaud, Burroughs, animismo, maoísmo, mitología clásica y la historia argentina sin perder jamás la capacidad de llegar a las masas. Te metía nihilismo en un estribillo mientras convertía a Prometeo robándole el fuego a Hefesto en una canción pegadiza. Pero también te contaba la realidad minuciosa de una masacre en un motín. Lograba que referencias que parecían destinadas a una élite intelectual terminaran transformadas en canciones de cancha.
Esa fue, quizás, una de sus mayores genialidades, hacer accesible lo complejo sin volverlo superficial. Exigía a su público, sin subestimarlo ni darle el producto masticado. Aun así, mientras otros artistas aspiran a "pegarla" sin mayor éxito, el Indio era capaz de reunir cientos de miles de personas en un campo perdido en medio de la nada.
Me obsesiona tu prisión
El movimiento ricotero fue mucho más que un fenómeno musical. Fue un fenómeno profundamente argentino. El espíritu de Patricio Rey utilizó como nadie un método de atracción centrípeta que conquistaba a través del misterio, el manejo de los silencios y haciendo culto del anti marketing.
Difícilmente pueda explicarse en otra parte del mundo. Incluso en países vecinos que comparten buena parte de nuestra historia, nuestras costumbres y nuestras pasiones, resulta complejo comprender qué significó esa peregrinación permanente de cientos de miles de personas detrás de una banda, una canción o una idea. Porque nunca fue solamente rock. Fue mística, liturgia, épica y sentimiento nacional. Fue una forma de pertenecer.
Ir a una misa eran espasmos de anarquía controlada, donde todos los involucrados estaban atrapados en las pequeñas licencias de libertad que permite el sistema.
Domesticar al mito
Durante años también cargó con caricaturas construidas para intentar, fallidamente, domesticar al mito. Que vivía en Nueva York. Que era millonario. Que estaba desconectado de la realidad. Algunos descubren hoy que hacía más de dos décadas vivía en Parque Leloir, donde se despidió de esta vida terrenal. Y sí, tenía dinero. Lo había ganado haciendo música. ¿Qué pretendían? ¿Que viviera debajo de un puente para satisfacer una idea romántica de autenticidad que sólo se le exige a quien habla desde la conciencia social?
El Mister fue siempre fiel a sí mismo. Incluso cuando habló de política.
"Dicen que soy K… Y sí, soy un poco kirchnerista, como soy un poco peronista y un poco comunista y un poco socialista. Lo que no soy es neoliberal.”
Nunca escondió sus convicciones. Su mirada sobre la realidad estaba atravesada por una defensa de los sectores populares, (“Los chicos no nacen malos”, “El estado no puede ser penal antes que social”) y con una crítica permanente a las formas de dominación y por una profunda desconfianza hacia los poderes económicos concentrados.
Muchos rocanroles del país
Las despedidas serán interminables. Habrá vigilias, homenajes, murales, remeras, notas escritas y canciones sonando en cada rincón del país. Habrá miles contando dónde lo vieron por primera vez y millones recordando qué canción les cambió la vida. Muchos rocanroles del país por todos lados.
Y será ese mismo pueblo el que termine de llevarlo al Olimpo de los grandes mitos argentinos. Ese lugar reservado para muy pocos, los que lograron algo extraordinario; trascender su tiempo para convertirse en parte de la memoria sentimental y cultural de una nación.
Hace muchos años Carlos Alberto Solari estaba haciendo el traspaso a las nuevas generaciones, en quienes tenia inmensa fe de transformación para que sean artífices de su propio destino. ¿Estará el pueblo argentino en su conjunto y las nuevas generaciones a la altura de su ídolo popular?
Porque aunque Carlos Alberto Solari ya no esté entre nosotros, el asunto sigue estando (ahora y para siempre) en nuestras manos, nene.
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