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 Viernes 17 de Abril de 2026

Zapatería Seta: medio siglo de oficio, familia y huellas que no se borran

El olor a cuero, el sonido del martillo golpeando la horma y el ritmo constante de una máquina de coser forman parte de una escena que atraviesa generaciones en Pergamino. En una esquina cualquiera, de veredas angostas y alma de barrio, comenzó a gestarse a principios de los años 70 la historia de Roberto Antonio “Totó” Seta y su zapatería, un lugar donde cada par de zapatos guarda una historia.

 

El aprendizaje de un oficio

Roberto nació en 1951, en un tiempo donde los oficios se heredaban como un apellido. Entre la zapatería de Don Miguelito, en Mitre y Alberti, empezó a forjarse un camino sostenido por el trabajo, la constancia y el aprendizaje cotidiano. Aquel amigo de la familia le enseñó el oficio cuando apenas tenía 8 años. “Ahí nos criamos con mi hermano”, recuerda, rodeado de tachuelas, ceras y medias suelas, como si cada elemento fuera parte de su propia memoria.

El regreso con lo puesto

A los 21 años, el servicio militar lo llevó a Zapala. Un año lejos de casa, pero no del oficio. “Lo único que sabía hacer era arreglar zapatos. Fui al ejército siendo zapatero”, cuenta con naturalidad. Al volver a Pergamino, abrió el Taller de Compostura de Calzados Seta en Hipólito Yrigoyen al 800, con la certeza de que ese saber aprendido desde chico sería su sustento.

El boca en boca y la confianza

Durante más de tres décadas, el taller creció en base a la recomendación de sus propios clientes. La calidad del trabajo y la dedicación en cada arreglo hicieron que su nombre trascendiera la ciudad. Desde pueblos cercanos y localidades vecinas llegaban personas en busca de soluciones. Un taco gastado, una suela despegada o un zapato ortopédico encontraban respuesta en manos expertas, en un lugar donde nada parecía descartable.

Maestro de generaciones

Con el paso de los años, el taller también se transformó en una escuela. Muchos jóvenes llegaron en busca de una oportunidad laboral y terminaron aprendiendo el oficio, algunos incluso abriendo sus propios talleres. Con el tiempo, la familia se convirtió en el sostén principal. Walter y Roberto, sus hijos, trabajan a su lado. Su nieto Augusto, con 15 años de experiencia, ya combina el estudio con el oficio. Alicia, su compañera, suma su trabajo en marroquinería, completando un servicio integral.

Un nuevo espacio, la misma esencia

A comienzos de los 2000, Zapatería Seta se trasladó a su ubicación actual en Yrigoyen 721. La mudanza, realizada en apenas seis meses, implicó un esfuerzo enorme y una reorganización total. En el nuevo local, cada elemento encontró su lugar: todo está ordenado alfabéticamente, desde los pares hasta los clientes. Una lógica simple que garantiza eficiencia y cuidado, donde ningún trabajo queda olvidado.

Resistir y seguir

“Soy el más viejo de la avenida”, dice Totó con orgullo. Más de 50 años de trayectoria avalan su historia. Las crisis económicas, lejos de debilitarlo, lo fortalecieron. Cuando el dinero escasea, arreglar se vuelve una necesidad. Además, el avance tecnológico no afecta su labor. “Es un rubro que va a existir siempre. No es como la foto en papel que la mató el teléfono”, afirma convencido. Mientras haya personas caminando, habrá zapatos que necesiten reparación.

Un mostrador con historia

Las puertas abiertas de lunes a sábado, las jornadas largas y el trato cercano construyeron algo más que una clientela: una comunidad. El mostrador fue testigo de miles de conversaciones, de historias compartidas, de vínculos que se fueron consolidando con el tiempo. La atención nunca cambió: directa, honesta, humana.

Más que un arreglo

Hoy, el local sigue siendo un emblema de la avenida. No solo por su permanencia, sino por lo que representa. “Nunca nos faltó el trabajo”, asegura Totó. Y agrega con una sonrisa: “Es difícil entrar con un zapato roto y no llevarse una solución”. Sin embargo, muchas veces lo que los clientes se llevan va más allá de lo material: una charla, un consejo, la sensación de haber pasado por un lugar auténtico.

Tres generaciones, una misma huella

Totó Seta continúa al frente del taller junto a sus hijos y su nieto. Tres generaciones que sostienen día a día un legado construido con esfuerzo. Lo que comenzó con un chico de 8 años aprendiendo a usar un martillo hoy es una historia familiar que se proyecta en el tiempo.

El legado invisible

En las paredes del taller no solo queda el rastro del trabajo, sino también un ejemplo. Uno que se construye en silencio, con constancia y dedicación. En Zapatería Seta, cada puntada y cada golpe guardan algo más que técnica: guardan identidad, memoria y la certeza de que hay oficios que no desaparecen. Porque hay huellas que, simplemente, no se borran.



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