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 Lunes 04 de Mayo de 2026

Del potrero al ascenso: la historia de 'El Gato' que nunca quiso ser arquero

Hay vidas que no necesitan estridencias para dejar marca. Historias que se construyen en silencio, con esfuerzo, constancia y valores firmes. La de Osvaldo Héctor “El Gato” Cardoso es una de ellas: un recorrido que va del campo a las canchas, del trabajo artesanal al compromiso familiar, siempre sostenido por un mismo hilo conductor.

 

Nacido el 26 de marzo de 1956 en Alfonzo, hijo de Elsa Pulido y Héctor Cardoso, su historia comenzó lejos del ritmo urbano. Fue en la estancia San Pedro donde creció, bajo el cuidado de sus abuelos maternos, Ángel y María, quienes se convirtieron en sus verdaderos pilares. Allí aprendió, desde chico, el valor del trabajo, el respeto y la palabra.

Su infancia transcurrió entre la escuela rural, los juegos al aire libre y la simpleza de la vida de campo. Más tarde, la familia se trasladó a Pergamino, al barrio Centenario, en busca de nuevas oportunidades. Años después, sus abuelos también se instalaron en la ciudad, reforzando ese vínculo que marcaría su vida para siempre.

NUNCA QUISE SER ARQUERO

El fútbol llegó sin aviso, en los potreros del barrio. Como suele pasar, el más chico iba al arco. No por elección, sino por costumbre. “Nunca quise ser arquero”, recuerda entre risas.

Sin embargo, ese lugar terminaría siendo su destino. Su talento no pasó desapercibido y fue Anselmo Castañares quien lo acercó al Club Juventud. Luego vendría su paso por Argentino, donde empezó a vislumbrar un camino más serio dentro del deporte.

“Yo quería jugar adelante, pero el técnico me mandaba al arco”, cuenta. Bajo la guía de “Cacho” Almada, en 1976 se consolidó, se adueñó del puesto y salió campeón con Argentino, dando inicio a una carrera que lo marcaría para siempre.

APRENDIENDO UN OFICIO

Pero el fútbol no era suficiente. Como tantos jóvenes de su época, debió salir a trabajar. Ingresó a la fábrica de ataúdes Mariani-Vilardo, donde aprendió carpintería.

Entre maderas y herramientas, fue construyendo otra faceta de su vida. Una que no se ve desde la tribuna, pero que resulta fundamental: la del esfuerzo cotidiano y silencioso.

FAMILIA

Si hay un sostén inquebrantable en su historia, es su familia. Y en ese camino, Alicia Moreno ocupa un lugar central. Se conocieron por amigos en común y en 1978 decidieron casarse.

Los inicios fueron humildes, pero con sacrificio y unión lograron construir su hogar. Tuvieron cuatro hijas -Silvana, Carolina, Gisela y Antonela- y con el tiempo llegaron los nietos.

“El acompañamiento de mi mujer fue fundamental”, asegura. Sin ese respaldo, su recorrido en el fútbol no habría sido posible.

EL ASCENSO

Su carrera deportiva lo llevó por distintos clubes de la región, pero hubo un momento clave: su llegada a Douglas Haig en 1983.

Allí vivió uno de los hitos más importantes de su trayectoria: el ascenso de 1986 a la B Nacional.

“Es un recuerdo que no voy a olvidar más. Fue mi paso por el profesionalismo”, afirma, evocando una etapa que quedó grabada en su memoria y en la historia del club.

EL RETIRO

En 1993 decidió colgar los guantes. El cuerpo empezaba a pasar factura, pero su vínculo con el fútbol continuó desde otro lugar.

Se convirtió en entrenador y dejó su huella en Racing, Argentino, Banco Provincia, la Selección Juvenil de Pergamino y Provincial. Más que dirigir, formó personas.

SOCIOS

Lejos de detenerse, en 2001 inició un nuevo proyecto junto a su yerno Carlos Turdó: una fábrica de ataúdes y carpintería a medida en barrio Malvinas.

Con esfuerzo y dedicación, el emprendimiento creció hasta consolidarse como una referencia nacional en el rubro.

Hoy, la vida transcurre a otro ritmo. Entre viajes, encuentros familiares en su quinta de Pinzón y tardes con sus nietos, Cardoso sigue sumando recuerdos.

Porque su historia no se explica solo por lo que logró, sino por la manera en que lo hizo: con humildad, trabajo y valores que nacieron en el campo y lo acompañaron toda la vida.



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